En 1985, una ballena jorobada fue fotografiada frente a las costas de Nayarit.
En aquel momento, nadie podía imaginar que esa fotografía terminaría convirtiéndose en una pieza de una historia que continuaría durante décadas.
Treinta y cinco años después, en 2020, una ballena jorobada fue fotografiada nuevamente en Los Cabos.
Y los investigadores descubrieron algo extraordinario: era el mismo animal.
Su nombre dentro de los registros de identificación es CRC-10724.
¿Cómo pudieron saber que era la misma ballena?
La respuesta estaba en su cola.
Cuando una ballena jorobada se prepara para sumergirse, suele levantar la cola y dejar visible la parte inferior de sus aletas caudales.
Esa zona presenta una combinación particular de características: el patrón de coloración, la forma de la cola, la hendidura central y diferentes marcas o cicatrices.
En conjunto, estos detalles pueden utilizarse para reconocer a un individuo, de una manera comparable a una huella dactilar humana.
Por eso los investigadores no necesitan capturar a la ballena para identificarla.
Una buena fotografía puede ser suficiente.
Una fotografía tomada en 1985 volvió a tener valor décadas después
El primer registro conocido de CRC-10724 corresponde a 1985, cuando fue fotografiada frente a las costas de Nayarit.
Durante los años siguientes, la ballena fue registrada en diferentes lugares del Pacífico mexicano.
En 2020 volvió a ser identificada en la zona de Los Cabos, permitiendo conectar dos momentos separados por aproximadamente 35 años.
Lo sorprendente no es solamente que una ballena pueda vivir durante varias décadas.
También lo es que una fotografía antigua pueda permitir a los investigadores reconocer al mismo individuo tantos años después.
La cola funciona como una especie de documento de identidad
Cada ballena tiene características particulares en la parte inferior de su cola.
Algunas presentan grandes zonas blancas.
Otras tienen patrones mucho más oscuros.
También pueden aparecer cicatrices, marcas y pequeñas diferencias en la forma de la aleta.
Con el tiempo, estas características permiten construir un registro fotográfico de cada animal.
En lugar de colocarle una etiqueta física o capturarla para identificarla, los investigadores pueden simplemente comparar fotografías.
Es una técnica conocida como foto-identificación.
Y las cicatrices también cuentan una historia
La cola de una ballena no solamente ayuda a identificarla.
También puede conservar señales de acontecimientos ocurridos durante su vida.
En el caso de CRC-10724, se han observado marcas relacionadas con un encuentro con orcas. Investigaciones sobre ballenas jorobadas del Pacífico mexicano han documentado precisamente este tipo de cicatrices en las aletas caudales.
De esta manera, una fotografía puede proporcionar mucho más que una simple imagen bonita.
Puede convertirse en una pequeña página de la historia de un animal.
¿Dónde ha viajado durante todos esos años?
Las ballenas jorobadas son conocidas por realizar grandes desplazamientos.
Los registros de identificación fotográfica permiten descubrir que diferentes individuos pueden seguir rutas muy distintas por el Pacífico.
Algunas llegan hasta regiones de Centroamérica, mientras que otras pueden desplazarse hacia aguas de California, Oregón, Washington e incluso zonas más lejanas.
Esto significa que observar una ballena en un determinado lugar no necesariamente significa que permanecerá allí.
Puede estar siguiendo una ruta migratoria que se extiende durante miles de kilómetros.
Una técnica que permite estudiar animales sin capturarlos
La foto-identificación tiene una ventaja enorme.
Los investigadores pueden estudiar a los animales sin tener que capturarlos físicamente.
Una fotografía tomada desde una embarcación puede aportar información sobre:
- dónde apareció un individuo;
- cuándo fue observado;
- qué ruta parece seguir;
- cuánto tiempo ha pasado desde su último registro;
- y si vuelve a una determinada zona.
Cuando miles de fotografías se reúnen en bases de datos, estas observaciones individuales comienzan a formar una imagen mucho más grande de los movimientos de las poblaciones.
CRC-10724 no es simplemente una ballena cualquiera
Para los investigadores, identificar nuevamente a CRC-10724 significa mucho más que encontrar una fotografía interesante.
Significa poder conectar información recopilada en diferentes momentos y lugares.
El registro de esta ballena demuestra hasta qué punto una imagen puede conservar información científica durante décadas.
Una fotografía tomada en 1985 parecía simplemente un registro de campo.
Décadas después, se convirtió en una evidencia que ayudó a reconstruir parte de la historia de vida de un animal que continuaba recorriendo el océano.
El océano guarda historias que apenas podemos ver
Una ballena puede pasar años desplazándose por aguas que los seres humanos no observamos directamente.
Puede viajar miles de kilómetros, encontrarse con otros animales, sobrevivir a amenazas y regresar a determinadas regiones sin que nadie sepa exactamente dónde estuvo durante todo ese tiempo.
Por eso la foto-identificación resulta tan valiosa.
Cada nueva fotografía puede conectar el presente con el pasado.
En el caso de CRC-10724, esa conexión atravesó 35 años.
Y quizá lo más impresionante de toda la historia sea algo muy sencillo:
los científicos no reconocieron a la ballena por su tamaño ni porque tuviera un aspecto completamente diferente a las demás. La reconocieron por los detalles de su cola.
Una fotografía.
Una cola.
Unas marcas.
Y una historia que había comenzado décadas antes.
Eso demuestra que, en la investigación de la vida marina, incluso el más pequeño detalle puede convertirse en una pista capaz de permanecer útil durante generaciones.














